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Promoción XXXIV de Policía y II de Saga

Telenecos

Allá por el mes de mayo del año pasado, reunido el grupo de tutores de básica de la academia, mostrábamos cierta preocupación por la marcha del curso de básica.

Teníamos ante nosotros un grupo heterogéneo, con algunos ‘veteranos de guerra’ y algunos recién llegados al mundo de las oposiciones. Algunos desencantados, otros muy despistados, pero casi todos ellos con un punto en común: no terminaban de responder al exigente ritmo que se les imponía. Siempre hay excepciones, por supuesto, pero la dinámica de grupo no era la mejor…

Sin duda, todo opositor atraviesa diferentes etapas y existen altibajos en la preparación. Y también tenemos claro que las inercias de los grupos se hacen notar. Y en aquel momento, el grupo no terminaba de despegar.

Se fue hablando con ellos, de forma individual y en grupo. Se les recordó lo generoso de la convocatoria pasada. Se consiguió que fueran conscientes de la gran ocasión que tenían ante ellos y que recobraran la ilusión por lograr el objetivo. Se insistió en que se miraran al espejo y se preguntaran qué es lo que querían ser, qué querían obtener, a dónde querían llegar…

Y todo cambió… Poco a poco, pero cambió. Y el grupo se fue haciendo cada vez más fuerte, se fue creando una conciencia colectiva de objetivo en común y se fue mejorando día a día en ritmo y en resultados.

Las reglas del juego

Llegado el momento de las pruebas selectivas, la realidad te sitúa en tu posición. A veces, incluso a los que nos dedicamos a esto, alguien nos tiene que recordar las reglas del juego. Una oposición no es un camino de rosas.

En anteriores textos hemos reflexionado acerca de la soledad del opositor. Para muestra, la reflexión en voz alta de uno de nuestros tutores, acerca de su largo período como opositor, en las distintas etapas.

También hemos comentado lo amargo del sistema selectivo, cuando algo se tuerce.

Y no puede ser más cierto. Desde las primeras de cambio, por desafortunadas lesiones, por un mal día que podemos tener cualquiera o, también en algún caso, por falta de preparación suficiente, hubo bajas en las pruebas físicas. Demasiadas… aunque siempre son demasiadas (aunque fuera uno el opositor que se hubiera quedado fuera) y siempre muy dolorosas.

Con el examen de teoría y ortografía, más de lo mismo, sorprendentes ‘no aptos’ que nunca habríamos imaginado. Tantos y tantos simulacros de examen aprobados, de un nivel de dificultad probablemente superior al que tuvo el examen oficial… tantos ejercicios de ortografía en los que se mostraba un superior dominio de la prueba de lo que quedó evidenciado ese día funesto…

Nuevamente, demasiadas bajas… aunque hubiera sido solamente una…

Y, llegada la tercera prueba y con demasiados opositores todavía en concurso, quedaba la última gran criba… La más dolorosa, la que queda más cerca del objetivo… la entrevista y el reconocimiento médico… Sin duda, la más difícil de explicar y, en ocasiones, la más dura de digerir.

Y, de nuevo, demasiadas bajas… aunque hubiera sido solamente una…

A falta de la prueba de psicotécnicos, después de muchos meses de preparación monográfica de la misma, tenía el firme convencimiento de que habíamos sufrido demasiadas bajas (aunque hubiera sido solo una) como para permitirnos una sola más.

Me encontré con lo que ya sabía: un colectivo de personas que se viste por los pies. Que dio muestras de una gran madurez y de una gran responsabilidad. Que se preparó y reforzó todo aquello en lo que necesitaba refuerzo. Que lo dio todo. Que mantuvo su compromiso hasta el último día.

No se creían que lo tenían en su mano. Que lo habían conseguido antes de acudir al último examen aquel 5 de mayo… Habían trabajado con rigor y yo, sencillamente, sabía que todos iban a lograr el anhelado apto. Porque se lo merecían. Porque se habían tomado absolutamente en serio su preparación y porque no tenían más que demostrarlo.

Y así fue.

El final de la historia

A estas alturas, quisiera contar al mundo lo orgulloso que me siento de haber convivido con este grupo de grandes personas durante tantas semanas. De haber compartido con ellos algunos sinsabores y no pocas sonrisas…

Pero sobre todo, quisiera contar al mundo lo tranquilo que me encuentro sabiendo con qué material humano se refuerza a la institución en la que, a toda costa, querían ingresar todos estos chicos y chicas, con esa enorme vocación, con esa inabarcable ilusión.

Si todos ellos representan, siquiera en parte, el futuro de la policía, su futuro es muy, pero que muy halagüeño. Y podemos estar tranquilos. Tranquilos y felices, pues estas grandes personas serán, ténganlo por seguro, grandes profesionales. Y nos harán sentir muy orgullosos de ellos y del Cuerpo al que con tanto orgullo representarán.

Finalmente, unas palabras para los que fueron cayendo a lo largo del proceso. Su perseverancia les hará más fuertes y llegarán, seguro que sí, a lograr el mismo objetivo que ahora han alcanzado sus compañeros. Y tras esos sinsabores, la recompensa sabe más rica.