Aspectos de una cruda realidad: la violencia sobre las mujeres - Oposiciones SagaOposiciones Saga

Aspectos de una cruda realidad: la violencia sobre las mujeres

violencia

Como es evidente, por lo que se está tratando en los últimos años, no podemos hablar en el trabajo social de un modelo único que requiera una batería de respuestas en principio también únicas. La realidad social a la que hacemos frente exige de nuestra parte de una multiplicidad de respuestas lo más adecuada posible a cada caso.

De ahí que, en los últimos años, hayamos ido adaptando en unos casos y creando en otros, diferentes modelos de intervención que permiten ofrecer una respuesta específica ante un problema concreto. No es lo mismo intervenir con menores, con familias en tratamiento desde un servicio especializado, con drogodependientes, con personas sin hogar… Asimismo, no es lo mismo intervenir en crisis, en situaciones de emergencia, en primera atención, que en zona…

De la misma manera, la atención de las mujeres víctimas de violencia exige por parte de profesionales, estrategias y modelos diferenciadores, para enfrentarse ante un conjunto de situaciones englobados en la violencia ejercida contra las mujeres, no novedoso como problema pues siempre ha estado presente en su dimensión de asunto privado por parte de quien lo sufre y casi de quien lo atendía, pero sí en su consideración de problema social, público, casi mediático, con un marco de referencia y unas claves que lo convierten en algo más que en una especialidad para el trabajador o trabajadora social.

Existen una serie de aspectos clave para explicar la incidencia de la violencia doméstica, tal y como se indican en determinados programas de actuación:

Factores de índole socioeconómica y cultural

  • Los valores éticos dominantes sobre el respeto y la tolerancia hacia los derechos de las personas: el derecho a la vida y a la integridad física y moral. El sistema de transmisión y los contenidos que alberga siguen marcados por contenidos sexistas donde se refuerza el predominio de un sexo (el masculino) frente a otro (el femenino).
  • Las formas colectivamente asumidas de reparto de roles y el contenido de valoración personal diferencial que albergaba esta distribución arbitraria, históricamente caracterizada por la infravaloración femenina frente a la sobrevaloración masculina.
  • La consecuente parcelación de ámbitos de participación social en función de sexos. El rol tradicional dejaba al hombre abierto el campo de la participación en las actividades productivas y de trabajo en el medio exterior, siendo por añadidura la fórmula de obtención de ingresos económicos para el mantenimiento del sistema familiar. La mujer hasta bien entrado el siglo XX no ha iniciado un proceso de participación en el mundo laboral, no habiendo alcanzado la plena igualación en todos los sectores de actividad profesional.
  • El rol de la mujer se circunscribía por tradición cultural a la ocupación en tareas domésticas y cuidado de los hijos.
  • El propio “tratamiento” social que los fenómenos cercanos y conocidos de violencia doméstica han tenido, restringiendo su consideración a cuestiones del ámbito privado y personal que no debían trascender al conocimiento de otros y se dirimían de “puertas para adentro” de los hogares donde esto se producía.
  • El comportamiento personal que víctimas y espectadores directos de la violencia han dado a los hechos. El tratamiento social de fenómeno “privado” y familiar, unido a los sentimientos de culpabilidad y vergüenza que estos acarreaban, han contribuido al silenciamiento de las víctimas y de los conocedores de las situaciones de maltrato, dando lugar a una cierta “conspiración de silencio”.

Factores de naturaleza personal

  • La concurrencia de los valores negativos anteriormente citados en el orden social amplio se materializa en pautas educativas personales, muchas veces transferidas generacionalmente por modelos paternos que ejercían el rol dominante y agresor de forma explícita.
  • Los componentes de personalidad y de naturaleza más puramente psicopatológica que conllevan la práctica de reacciones y comportamientos violentos. Diversas investigaciones demuestran que a los agresores no se les puede encasillar dentro de algún tipo de psicopatología, no obstante la presencia de trastornos psiquiátricos son un indicador de alta peligrosidad (Sarasua, Zubizarreta, Echeburúa y Corral, 1994; Villavicencio y Sebastián, 1999).
  • La conjunción de problemáticas, especialmente las referidas anteriormente, con patrones de adicción a sustancias (merece especial consideración la dependencia alcohólica como trastorno cuyo cuadro clínico presenta, con una elevada tasa de prevalencia, las respuestas de agresividad hacia el entorno familiar y social). Las drogas y alcohol suelen ser utilizadas a menudo por el maltratador como una excusa o para explicar la razón de su conducta violenta, y liberarse así de la responsabilidad de sus actos. Esto no explica por qué cuando recurre a la violencia elige a su pareja como su objeto de agresión y por qué la maltrata también cuando está sobrio. Si existe algún tipo de adicción en el agresor este debe ser tratado como un problema específico, además del maltrato.

Estos factores, además de las demandas de atención y la alarma social producida por las agresiones a mujeres con resultado de muerte, fundamentan la necesidad de la intervención especifica ante la violencia de género.

P.D.: Indagamos más en este tema en la pieza “Aspectos de una cruda realidad (2ª parte)”.